lunes, 25 de octubre de 2010

Rock n' roll is here to stay...


"Aún lo lleva dentro, nadie lo puede negar...", oi decir a un tipo cuando hubo acabado el concierto que ofreció Chuck Berry el pásado viernes 22 de Octubre en Washington D.C.. Quise estar totalmente de acuerdo con este señor, pero ni intentándolo pude compartir su opinión.

Chuck Berry, el autor de incontables canciones icónicas (Johnny B. Goode, Maybellene, You never can tell, Roll over Beethoven...), el sinónimo de "rock n' roll" (según John Lennon), el auténtico rey del rock (con Elvis a sus pies), uno de los mejores guitarristas del rock... Cumplió 84 años cuatro días antes del concierto, y no se puede decir que no se noten...

Con una gorra de marinero donde antaño el "Brown eyed handsome man" lució pelo ondulado engominado, y armado con una preciosa Gibson semiacústica, el señor Berry salió con más ganas que habilidad. Empezó varias canciones torpemente y las abandonó en pleno escenario al comprobar que no recordaba el riff, la letra, o la clave... Una banda de lujo lo ayudaba a rellenar con humor esos incómodos espacios de silencio en los que el pobre anciano daba palos de ciego para encontrarse en las canciones que él mismo había compuesto hace tantas décadas, canciones que en su día definieron el rock n' roll.

Pidió disculpas por sus errores y lapsus, y se refirió a sí mismo como un "washed up used-to-be" (un acabado de capa caída). Pero la audiencia en ningún momento dejó de corearle emotivamente y prestarle todo su apoyo moral. "Chuck, you're the best...!" Y poco a poco, el anciano encarriló varios temazos, no sin mucho esfuerzo físico y mental. No pudo con un par de solos de guitarra e intercambió instrumento con su pianista (sí, Chuck tocó el piano, y muy bien).
Pese a sus 84 años, se lanzó con su mítica "duckwalk" con el mismo esmero que cuando la inventó hace más de medio siglo.

Cuatro generaciones de aficionados de rock llenaron el auditorio para mostrar su respeto a una leyenda viva del rock. La música estuvo algo desatinada, y los achaques del señor Berry fueron más que evidentes. Pero ahi estaba él, entregándose al espectáculo, con sus divertidas melodías y letras. No como un joven de color que incitaba a la juventud blanca a corear sus provocaores canciones, ni como aquel guitarrista pionero del género, sino como un tierno abuelete que fue esas dos cosas y muchas más. ¡Ojalá yo llegue así a los 84!

martes, 26 de enero de 2010

Capra



Acabo de leer la autobiografía de Frank Capra, "El nombre delante del título". Impresionante historia. Es larga (su vida fue larga y repleta de acontecimientos), pero se lee rápido y con gusto. Jamás había pensado que detrás del hombre optimista e idealista de "Qué bello es vivir" había una personalidad tan perfeccionista, férrea y orgullosa. Capra era un fuera de serie, puedo asegurar ahora. Y él hace que su genialidad conste en sus testimonios. De hecho, se le tachó de ególatra y narcisista tras la publicación de su historia, pero es injusto quedarse con esta faceta suya cuando acierta en escribir acerca de todos los errores, flaquezas, vicios y fracasos. Su autobiografía es la celebración de una vida exitosa en la que el esfuerzo es la única herramienta para progresar. Su escalada particular fue desde inmigrante mocoso y pobre a ilustre estudiante becado de ingeniería química en Caltech. Luego, pudo pasar de ser un humilde guionista de gags al triunfante ganador de tres premios de la academia. Y entre medias, un divorcio, el crack de 29, ostracismo, la 2ª Guerra Mundial (Capra fue un figura clave en la propaganda aliada), y la caída desde la cima... Hay episodios dignos de mención:

-Sus constantes roces con Harry Cohn, dueño de la Columbia que no podía con la idea de que fue Capra quien dignificó su estudio.

-La triste historia de Harry Langdon, estrella de cine mudo que gozó de fama gracias a dos filmes dirigidos por Capra. Langdon se desvinculó de Capra en un arrebato de orgullo y finalmente murió alcoholizado...

-La conversación de Capra con un apenado Eisenstein, en una época en que el realizador ruso había sido totalmente censurado por el gobierno soviético.

-La increíble historia desde "Dama por un día" (1933), a "Juan Nadie" (1941), sin duda los años dorados del director siciliano.

-La opinión de Capra sobre Sinatra: pensaba que si el crooner se hubiese concetrado en su carrera cinematográfica, habría sido el mejor actor de todos los tiempos...

martes, 17 de noviembre de 2009

"Pude aspirar al título..."


La ley del silencio es una película que funciona estupendamente a muchos niveles distintos. Hay quienes ven en ella un punto de inflexión en la interpretación cinematográfica. Otros admiran la respuesta por parte de Elia Kazan a las críticas que recibió en el sector cinematográfico por denunciar ciertas actividades comunistas. Los hay que ven en esta película a la mejor versión del que probablemente sea el mejor actor de la historia del cine, Marlon Brando. Y hay quienes admiran la magistral banda sonora de Bernstein o la fotografía en blanco y negro y la iluminación en clave baja. En esta crítica procederé a desarrollar estos aspectos y la totalidad de un largometraje que integra perfectamente una historia con un mensaje muy humano, y un dominio absoluto del lenguaje audiovisual.

El contexto de La ley del silencio ya auguraba una película magistral. Kazan ya había colaborado con Brando en las prodigiosas Viva Zapata y Un tranvía llamado deseo. Pero en La ley del silencio, la historia se antojaba más cercana al director, cercanía que contribuye a poder narrar esta historia con más afinidad para justificar y expiar sus acciones. Elia Kazan había recibido duras críticas en la industria del cine por chivar integrantes de un partido comunista al que él mismo había pertenecido en su juventud. Esta acción, patriótica para Kazan, ultrajante para muchos otros, (comunistas y no comunistas) es la que el director pretende argumentar estableciendo un paralelismo entre su historia y la de Terry Malloy. La ley del silencio es contra lo que hay que pelear para que prevalezca la verdad y la justicia en un ambiente de hostilidad, corrupción y embuste. Kazan no sólo se reivindicó con este largometraje, sino que aprovechó para hacer una película brillante y única.

No es por el caso personal de Kazan por lo que brilla hoy en día La ley del silencio. Sin duda, quien la ve hoy queda, ante todo, maravillado por las interpretaciones. Si bien Brando es quien se lleva el gato al agua de todo el elenco, cabe recalcar que su labor se facilitó al rodearse de otras formidables actuaciones. Destaca Karl Malden (otro favorito de Kazan) como el padre Barry, personaje que sirve de faro moral para el desconcertado Malloy. Formidable es la escena en el barco en la que este sacerdote denuncia con vehemencia la pasividad de los trabajadores ante los modos violentos e inhumanos del jefe del sindicato, Friendly. En el mundo del cine es cada vez más difícil encontrar un personaje sacerdote con tanto aplomo y valentía (se ha caído en estereotipos reduccionistas y calumniosos). Resulta cuanto menos curioso que Kazan, una vez un comunista convencido, diese a un sacerdote católico las riendas morales para que su film cobrase sentido verdadero.

También es estupenda la interpretación (su primera en el cine) de la bella Eva Marie Saint en el papel de Edie. Su aire frágil e inocente cautiva a Malloy, cuya participación inducida en el asesinato del hermano de Edie lo atormentará y lo llevará a replantearse su vida. Entre Edie y Malloy tienen lugar los momentos más tiernos de la película. Su interacción es exquisitamente dulce en cada las escenas que comparten. Destaco su casual paseo por el parque. Edie está agitada y desconcertada por lo que se ha encontrado al volver al barrio de su infancia y Malloy intenta mantenerse recio minimizando futilmente el asombro que le produce la chica. El realismo conseguido por el method acting de Brando es la clave de la naturalidad y el realismo de esta escena y de la fabulosa compenetración del actor con Eva Marie Saint. Brando hace un trabajo exquisito dándole peso a la improvisación, (según contaba Kazan, en cada toma Marlon añadía algo oportuno, lógico, natural y genial). No puede evitar el ex-boxeador un casual cortejo con ella (recoge su guante del suelo, lo retiene, se lo prueba, le dice que “ha crecido muy bien”...). Edie catalizará el desengaño de Malloy, ella sacará a la luz su lado más tierno y su baja autoestima. Cómo no, hablar de la frustración vital de Malloy es remitirnos directamente a la escena magistral del diálogo con su hermano en el taxi. Aquí se despejan las preguntas sobre Malloy que nos habíamos hecho a lo largo de la película. ¿Por qué ese aire ensoñador y desencantado a la vez? Aprendemos que Malloy está frustrado con su vida, quiere redimirse y que, como Rocky Balboa, huye de la palabra 'golfo' ('bum'). Malloy es una víctima del engaño que hay en su entorno ahora dispuesta a dar la cara por su orgullo, por el hermano de Edie, por el suyo y por la justicia. En esta escena se condensa la esencia de la película.

La banda sonora de Leonard Bernstein (West Side Story) no es en vano considerada una de las mejores bandas sonoras del cine. Es la única banda sonora que compuso para una película cinematográfica, y le bastó una incursión en este mundo para demostrar su gran entendimiento de las artes narrativas y su genialidad como compositor. Se entiende que se interesara por esta historia (se ofreció él para musicarla cuando el montaje ya había sido completado); Malloy, un personaje de gran corazón encerrado en una situación de mediocridad por un código de honor con el que no comulga, recuerda al personaje de Tony en West side story. Pero en La ley del silencio Bernstein huye de los leitmotivs apasionados y se limita a reforzar sutilmente la emoción de cada escena con composiciones que no cobran en sí protagonismo. Un ejemplo: la secuencia en la que Malloy comprueba que sus palomas han sido estranguladas por su amigo golden boy. “¿Por qué ha tenido que hacerlo...?” se pregunta un apesadumbrado Malloy mientras Edie lo observa distanciada. La afligida melodía de cuerda aquí subraya a la perfección la vulnerabilidad de Malloy.

En una década en la que el color cobraba fuerza, La ley del silencio reivindica el potencial narrativo del blanco y negro. La iluminación y la fotografía son formidables. En las secuencias posteriores al asesinato de Charlie, se acentúan las sombras y los contrastes (fabuloso contraluz en la escena del camión en el callejón) para reflejar el desazón de Malloy. Es una encrucijada; puede tomar el camino de la venganza, o el de la rectitud y la justicia. Finalmente, Malloy vence a sus fantasmas optando por el segundo camino en uno de los finales más triunfantes del cine.

sábado, 7 de noviembre de 2009

¿Importa el tamaño?


El Increíble Hombre Menguante. Alucinante clásico de ciencia ficción. Es serie B de la clase A con efectos especiales muy convincentes, (nunca cutres, y usados con mucha mesura), pasajes de aventura intrépida, y un gran dominio del género por parte del director Jack Arnold. Lo mejor, el soliloquio final del mismísmo Hombre Menguante:


"Yo seguía menguando, convirtiéndome en... ¿Qué? ¿Lo infinitesimal? ¿Qué era yo ahora? ¿Aún un ser humano? ¿O el ser del futuro? Si hubiese más brotes de radiación [...] ¿me seguirán otros seres hacia este nuevo y vasto mundo? Tan cerca -lo infinitesimal y lo infinito. De repente, supe que eran los dos extremos de el mismo concepto. Lo increíblemente pequeño y lo increíblemente vasto finalmente se encuantran [...]. Miré hacia arriba, como si pudiera de alguna manera palpar el Cielo. El Universo, mundos fuera de lo numérico, el tapiz gris de Dios, esparcido a través de la noche. Y en ese momento, supe la verdad al arcano del infinito. Había pensado en términos de la dimensión limitada propia del Hombre, desestimando la Nataraleza. La existencia empieza y termina en la noción del Hombre, no de la Naturaleza. Sentí mi cuerpo reduciéndose, derritiéndose, convertirse en nada. Mis miedos se desvanecieron, y en su lugar llegó la aceptación. Toda esta enorme majestuosidad de Creación tenía que significar algo. Y, entonces, yo significaba algo también. Sí, más pequeño que lo más pequeño. Para Dios, no hay cero. ¡Aún existo!"

Este discurso va más allá de la ciencia-ficción. Efectivamente, cabe maravillarse ante la dimension descomunal del universo, que nos hace criaturas insignificantes en lo que al tamaño se refiere (seamos altos, medianos, o increíbles hombres menguantes). ¿Qué somos en comparación con la amplitud de nuestro inabarcable entorno? Y, aún así, el tamaño para nada define la importancia, el valor o la trascendencia, (aunque haya gente que piense así a la que no le importe matar a un ser humano cuando es muy pequeñito). Entrañablemente sugestivo.

lunes, 2 de noviembre de 2009

La vieja Luna Nueva es aún la más fresca


Son muy pocas las comedias que aguantan el paso del tiempo con tanta fuerza y frescura como Luna Nueva de Howard Hawks. Este largometraje, a punto de cumplir setenta años, se ha plantado en nuestro tiempo sin apenas envejecer, alzándose por encima de las demás versiones de la obra de teatro en que está basada, The Front Page, de Ben Hecht. Entre estas versiones, cabe mencionar el film de Billy Wilder The Front Page, con Jack Lemmon y Walter Mathau; y Switching Channels, con Christopher Reeves y Burt Reynolds. Nos preguntamos cuál será el peso de la película de Howard Hawks si, al hablar de las citadas versiones, se suele pensar que son remakes de Luna Nueva, y no nuevas adaptaciones del material original para teatro. Analizando Luna Nueva comprobaremos que la sombra del señor Hawks es alargada.

La principal fuerza de la película yace en el frenético ritmo conducido por diálogos fluidos y audaces, cuyos mejores momentos llegan de la boca de los personajes periodistas. Howard Hawks, si bien no se propone una dura injuria hacia el gremio de periodistas, sí logra transmitir cierto recelo a este negocio que él identifica con gente deshumanizada, avara e insolente. (“¿Y qué significa ser periodista? ¿Espiar por cerraduras? ¿Despertar a la gente a medianoche? ¿Robar fotos a ancianas, para que se diviertan las amas de casa?” dice la periodista Hildy arrepentida). De esta manera nos muestra lo peor y lo mejor del periodismo, tanto la falta de escrúpulos que a menudo conlleva este negocio como la bella e irresistible vocación del periodista que quiere lograr justicia por medio de su labor.

Pero la película no gira exclusivamente en torno al periodismo. Éste más bien se emplea como contexto y justificación para la historia de los personajes protagonistas. Son Walter Burns, tenaz y oportunista editor del Morning Post; y Hildy Johnson, ex-esposa de éste y antigua reportera del periódico. Ante la noticia de que Hildy se va a casar, Walter empleará todo su ingenio y poca vergüenza en sabotear estos planes para que Hildy no se aleje de él ni del periódico. El prometido de Hildy, Bruce, sufrirá todo tipo de contratiempos puestos en su camino por Walter. Esta alocada trama se encuadra en el seguimiento del caso de Earl Williams, condenado a la pena capital por homicidio.

Hawks nos presenta su film como una comedia desde la primera escena. Nos obsequia con un delicioso tracking shot para meternos de lleno en el ambiente bullicioso de la redacción del Morning Post, en una escena en la que los dos personajes protagonistas son dibujados a la perfección. El personaje de Hildy se perfila amigable y agudo en su presentación, en la que es recibida calurosamente por los que fueron sus compañeros de profesión. Más memorable es la entrada en escena de Walter Burns, sorprendido por Hildy afeitándose su notorio hoyuelo en el despacho. (Curiosamente, dos décadas más tarde la glamorosa Audrey Hepburn le preguntaría a Cary Grant cómo se afeitaba “ahí dentro” en la película Charada). La discusión que tiene lugar a continuación entre Hildy y Walter es exquisita; en ella averiguamos su pasado, sus pretensiones, su carácter, su peculiar relación... Cary Grant se muestra atípicamente adusto y orgulloso, con ciertos comentarios agudos e impertinentes que recuerdan al mismísimo Groucho Marx. (Si se tiene en mente el personaje inseguro y torpe que Grant interpretó para Hawks en La Fiera de mi Niña, el contraste es sangrante). Rossalind encarna con brío y aplomo a Hildy en una interpretación que recuerda a la fuerte personalidad de la inconmensurable Katherine Hepburn.

El diálogo entre ambos fluye con vehemencia y atropello. Es una escena filmada con muy pocos cortes y largas intervenciones por parte de los personajes. Como muchos otros pasajes de la película, esta primera escena nos recuerda que la historia ha sido extraída del teatro. Esto se ve en el modo en que la esencia de la escena está en el diálogo. También la manera de interpretar resulta teatral; dicción perfecta y grandes aspavientos en un encuadre de cámara amplio y cómodo para que los personajes se puedan desenvolver siendo perfectamente visibles en todo momento.

Muchas secuencias del largometraje nos arrancarán risas empleando humor sofisticado (las apostillas de Walter, siempre mordaces) y de enredo vodevilesco (la última escena en la que el )convicto es escondido en una consola). No obstante, hay una porción en la mitad de la película en la que la narración se aleja de la historia de Walter y Hildy. De hecho, el personaje de Cary Grant se ausenta de la pantalla durante unos veinte minutos mientras se desarrolla la subtrama de Earl Williams y su posible conmutación. Aquí el tono de la película se torna más sombrío, distanciándose de la comedia con pasajes de auténtica angustia, como la escena en que una mujer amiga de Earl, ante la fría e impasible presencia de redactores del periódico, ruega que se la escuche y pide compasión de modo desgarrado. El peso de estas escenas, interpretadas magistralmente, se puede poner en entredicho por romper el ritmo frenético y la unidad del resto de la película. Es la consecuencia de pretender una comedia desternillante en la que cupiesen llamamientos serios a la responsabilidad moral y social de la prensa. Sin embargo, este nimio percance no impide que el resultado final de la película sea positivo.

El desenlace de la película insinúa una acción noble y honrada por parte de Walter que nos recuerda al monumental final de Casablanca. Un final al estilo “da igual lo que a mí me gustaría; vé con él, que te hará feliz.” No obstante, esto se queda en un emotivo speech por parte de Walter, que no da puntada sin hilo y hasta el final no desiste en sus intentos de mantener a Hildy con él. Y, efectivamente, su plan dará fruto y finalmente se marchará con Hildy a la luna de miel prometida en las Cataratas de Niagara (previo paso por Albany para cubrir la noticia de la huelga). Es un final convencional típico de comedia de enredo. No podía acabar sin que el chico consiguiese a la chica... ¿o sí? Recuerden Vacaciones en Roma. ¿Habría funcionado en Luna Nueva que Walter no consiguiese reconquistar a Hildy?

Los personajes de la película en general dejan bastante que desear en el plano humano. Vemos alcaldes deshonestos, periodistas truhanes, protagonistas que secuestran suegras... El único personaje íntegro es el caballeroso Bruce, prometido de Hildy, que finalmente acaba resignándose antes las surrealistas circunstancias.

Antes de Luna Nueva (1940) hubo en 1931 una buena adaptación de The Front Page. Era una película homónima dirigida por Lewis Milestone (ganador de un premio de la Academia por Sin novedades en el frente). ¿Cuál es la diferencia entre las dos versiones que hace que sean películas muy distintas? Sencillo; en Luna Nueva, el personaje de Hildy es convertido en mujer, mientras que en la obra de teatro original y en la adaptación de Milestone, Hildy es un hombre (también en la versión de Wilder). No es un pequeño detalle, ya que hace que el modo de afrontar la trama periodística sea totalmente distinta al meter en medio una historia romántica.

Luna Nueva sigue fresca hoy en día, en un siglo en que el título se asocia tristemente con los vampiros de la saga para adolescentes Crepúsculo. Pero, afortunadamente, podemos estar seguros de que Luna Nueva, (la antigua, no la de vampiros) prevalecerá en el tiempo como una de las comedias screwball más logradas de su tiempo. Dos factores clave ayudarán a esto. El primero, que es una película de dominio público, hecho que facilita su amplia distribución*. El segundo, que ha sido elegida por el American Film Institute para ser conservada en el Registro Nacional de Cine entre otras joyas de celuloide dignas de este privilegio.


*Se puede encotrar en youtube.com toda la película sin cortes.

martes, 6 de octubre de 2009

Los Renglones Torcidos de la Adolescencia

Ayer terminé de leer La Edad Prohibida, de Torcuato Luca de Tena (nietísimo de su tocayo fundador de ABC y Blanco y Negro). Lo cierto es que me topé con este libro por accidente, ya que cuando lo saqué de la biblioteca, había ido a por Los Renglones Torcidos de Dios, aclamada obra del mismo autor. Al comprobar que no estaba ésta disponible, me propusieron La Edad Prohibida, su segunda novela.

La leí rápido y gustosamente. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una novela. El estilo de Torcuato es sencillo y sugerente a la vez, accesible e impecable. Logra una gama exquisita de personajes memorables, y una viva ambientación en el San Sebatián de la Guerra Civil (me habría gustado conocer mejor esta ciudad para disfrutar incluso más de la lectura). Hay personajes deliciosamente retratados, como el caso de Enrique, rebelde con alma de artista, el Padre Usoz, sabio y entrañable sacerdote jesuita, y el protagonista Anastasio, que encarna todas las atribulaciones y confusiones a las que se ve sometido un chaval en la edad prohibida (la adolescencia).

Es difícil encontrar novelas que tratan el tema de la adolescencia sin caer en lo cursi, lo pasteloso (piensen en la popular novela, La Vida Sale al Encuentro). Luca de Tena, en La Edad Prohibida, logra describir con acierto y ternura todos los problemas propios de un chaval de quince años sin caer en lo dulzón y sentimentaloide: la amistad, la traición, el primer amor, la religión, el sexo, la responsabilidad... Siempre atinado. Algunos pasajes me recordaron a El Guardián entre el Centeno (un episodio turbulento con una protituta, un amor duradero pero nunca declarado, etc.). No obstante, si en la novela de Salinger estos problemas tienen de trasfondo un frustrado nihilismo nada concluyente, en la Edad Prohibida encuentran su faro en la religión cristiana.

Un apunte anecdótico: pienso que esta historia quedaría genial como película de cine, con ese tono de nostalgia y añoranza que nos hacen pensar "es bonita. Triste, pero bonita." Piensen en Cinema Paradiso, en ese melancólico adulto postrado aún por aquel sublime y honesto amor juvenil...

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Los "basterdos" de Quentin


No eran pocos lo que pensaban que Tarantino perdió los papeles hace tiempo, que su genialidad no pasó de Reservoir Dogs y Pulp Fiction, que Kill Bill no era más que un sádico capricho personal para homenajear géneros perdidos y Deathproof la enfermiza ilusión de un friki de la Serie B...

Quienes piensen esto no cambiarán de opinión al ver su nueva película, Malditos Bastardos, ya que Quentin Tarantino sigue fiel a su estilo. Es cierto que la peli no impacta tanto como en su día lo hizo Reservoir Dogs o la transgresora Pulp Fiction, pues los años han pasado y a Quentin le hemos cogido la medida; sabemos que el chaval no se corta.

No obstante, pensé que Malditos Bastardos es su película más interesante desde Pulp Fiction. Aquí expongo algunas de las razones:

  1. Quentin logra reinventarse sin dejar de concederse los caprichos de siempre. Es su primera película de época y la primera con un trasfondo tan real y significativo como la Segunda Guerra Mundial. Prevalecen sus constantes; la recuperación de subgéneros perdidos, los diálogos espontáneos e incluso surrealistas, la segmentación estricta de la historia, la violencia exagerada (su humor negro), y sus bandas sonoras tan geniales como variadas.

  2. Se aprecian cada vez más claramente las obsesiones recurrentes (os las trademarks) de este director. Puede que la trama nos recuerde a la de Kill Bill por el tema de la venganza. De hecho, es fácil establecer paralelismos entre el personaje de Shosanna y el de la Novia: ambas buscan una venganza “servida fría”. También el intenso tiroteo de Reservoir Dogs tiene su eco en Malditos Bastardos en la terrorífica escena de la taberna. Dicha secuencia es impecable: durante 30 minutos, Tarantino construye tensión genialmente en un espacio muy confinado. Pero con Reservoir Dogs en mente, en desenlace se vé venir. Por último, un trademark más anecdótico: la obsesión de Tarantino por los pies descalzos...

  3. En Malditos Bastardos, el director, (que en su juventud regentó un videoclub), se explaya y regodea en su condición de cinéfilo friki. Las alusiones al mundo del cine son muchísimas. Me gustó especialmente la parodia del cine de propaganda nazi de Goebbels y Riefenstahl También juega el director con el meta-cine. Nos muestra un inciendo en una sala mientras nosotros estamos en otra sala no muy distinta de la que acaba calcinada. Tiene algo se sádico, como pasar una película de catástrofes en un avión. Eli Roth, además de interpretar a un bastardo, se encargó de rodar la película que se proyecta en la escena final. Resulta gracioso que Tarantino quisiese atribuir el estilo moderno hollywoodiense de Eli Roth a Goebbels. Es un grave anacronismo, pero para Tarantino, la ficción no tiene reglas. Acerca de las películas que en el film sirven para iniciar el catastrófico incendio, Tarantino dijo a Cahiers du Cinema:


“La idea del nitrato me pareció muy sugerente. Por una lado es una fértil metáfora sobre el poder del cine. Por otro lado es un verdad literal: si hay película, no necesitamos dinamita. Literal y metafórico: formidable.”


Tarantino